
Mi padre, idealista, soñador, un poco loco, creía firmemente en los golpes de la suerte. En ese toque que nos haría cambiar la vida en un momento.Y que nunca tuvo. Y ese día fatídico me llevó a mí a comprar el billete poque me colgué de sus manos inesperadamente De esa manos enormes de laburante, ásperas y sinceras. Fue el destino.
El negocio sobre la Avenida Mitre, era sombrío. Una cueva oscura donde se oía solamente el subido de un ventilador de pie y, como vendían tabaco y cigarros de hoja, un olor agresivo para mi nariz infantil inundaba todo. La dueña, una mujer mayor vestida de negro, teñida de rubio descolorido, con las uñas afiladas y coloradas, con una boca enorme rojo carmesí (una bruja espantosa para mi mirada), puso sobre la vitrina que usaba de mostrador los dos billetes y, sin duda cómplice de las Parcas, pronunció la frase fatal:
-«¡Que elija la nena!». mientras sonreía impúdicamente. E instrumento del destino inexorable armó la escena para que mi padre, que ya había decidido, me incitara a elegir entre uno de los dos. Me costó mucho Me negaba con firmeza, siempre rebelde a los mandatos. Pero la bruja insistía e insistía... Hasta que por fin, vencida mi resistencia (apenas tendria seis o siete años) levanté un dedito Y por supuesto ¡elegí el otro! Al lado, sobre el mostrador, había quedado el Gordo de Navidad que nos habría cambiado la vida definitivamente.
Creo que mi padre, en el fondo de su corazón, nunca me lo perdonó. Durante muchos años contaba esta historia con una sonrisa, mirándome de reojo, temeroso de mi ira. «¡Si no hubiera sido por la nena!»
Y desde esa tarde, fatalmente una sentencia me persiguió para siempre: «¡Anita no tiene suerte»!
Y como inevitablemente las profecías se cumplen siempre, sobre todo si son proferidas por lenguas paternas, así fue: Nuca gané nada en sorteos, tómbolas o bollilleros, nunca tuve un número premiado, ni en la lotería ni en rifas escolares, barriales o laborales Jamás gané un PRODE o un Quini6 (Bueno ¿para ganar hay que jugar no? Y yo no juego). Jamás encontrè dinero tirado en la calle, y las pocas veces que fui a un casino perdí lo que llevaba. Si hubiera sido varòn habria hecho la «colimba» seguramente en la cordillera, cuando era obligatoria y se definía por sorteo.
¡La suerte! ¿Estar en el lugar indicado en el momento indicado? Y la mala suerte ¿lo contrario? Porque una cosa es no tener suerte y otra tener mala suerte. Yo mala suerte nunca tuve.
Pero todos conocemos a alguien que la tiene. Que es yeta y que encima la atrae sobre los demàs. El mufa. Lo que toca contamina.