Revista N11
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En torno a la suerte

El vocablo «suerte» deriva del latín (sors, sortis) y se acuñó a finales del siglo X. ¿Esto significa que los hombres y mujeres anteriores a esa fecha desconocían la fortuna?

De ningún modo, aunque por aquellos tiempos no había manera de nombrarla, la suerte, mala o buena, está con nosotros desde que nuestros abuelos prehistóricos decidieron que para andar les bastaban los miembros inferiores y poco antes o poco después de esa decisión, empezaron a preguntarse por qué y para qué estaban en esta tierra que comenzarían a recorrer. Desde entonces y aunque no tuvieran modo de nombrarla, supieron qué era la suerte. Supieron también que es imposible buscarla, te toca o no, más allá de lo que hagamos para conseguirla.

No elegimos nuestro nacimiento -es un hecho que depende de los que tendrán la suerte, o no, de ser nuestros padres- ni el hogar en el que finalmente viviremos. «Nació en cuna de oro», suele decirse con el fin de comprender y justificar el éxito y la buena fortuna de ese bien nacido. Jesús, según afirman los evangelistas, nació en cuna pobre: María lo dio a luz en un pesebre. Aunque poco se sabe de los 33 años de vida de Jesús, es fama que antes de morir clavado en una cruz sufrió tres días de calvario. No se puede negar su suerte adversa. Sin embargo, esa mala suerte produjo el nacimiento de una de las religiones más poderosas de la tierra.

El cristianismo (así como el judaísmo y el islamismo) desestima la categoría «suerte». En todos los casos, el futuro de sus fieles no depende del destino de cada cual sino de la voluntad del Ser Supremo. En las Escrituras la suerte está apenas nombrada. En Salmos 22:18-19 leemos: «Puedo contar todos mis huesos; / ellos me observan y me miran / repártense entre sí mis vestiduras / y se sortean mi túnica. En Mateo 27:35: «Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes». En los dos casos se trata de un impertinente sorteo que tiene como premio las ropas de Isaías y las ropas de Jesús. Lo que leemos en Hechos de los Apóstoles 1:26 resulta más inquietante: «Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles». ¿Fue producto del azar, fruto de la caprichosa suerte, que Matías se haya convertido en uno de los doce apóstoles? Los fieles sostendrán que así lo había dispuesto el Ser Supremo. Fue Él quien en definitiva decidió los números de la fortuna, el verdadero resultado de los dados.

Y si de dados hablamos, todos recordarán lo que dijo Albert Einstein, científico agnóstico, cuando tuvo que explicar la teoría de la relatividad. Dios no juega a los dados, dijo. Tanto las grandes religiones como la ciencia repudian al azar. Pero no lo niegan. Numerosos descubrimientos científicos se han logrado por puro azar. «Tuvimos la suerte de...» «Fue por suerte que...» suelen reconocer sus descubridores. Ciencia y juego, razón y suerte, tal vez se encuentren en algún punto infinito.

Mercurio era una deidad importante en la Roma Imperial. Se decía que un halo luminoso rodeaba su cuerpo y que esa luz la había obtenido luego de una reñida partida de Tablas que sostuvo con la diosa Luna. Nuevamente los dados entran en escena: la partida de Tablas se disputa con dados de siete caras.

stuvo con la diosa Luna. Nuevamente los dados entran en escena: la partida de Tablas se disputa con dados de siete caras.