Revista N11
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Laberinto de suertes

Suerte, muerte: ¿Se trata sólo de una afinidad fonética?, no lo creo.... por una letra uno puede terminar en el cementerio, los designios de la gramática son inescrutables, sin duda.
Un paso más y me convierto en un vivo menos, un paso menos y sigo viviendo, sin prisa y sin pausa.

A veces quiero arrancarle las letras a las palabras y crear significados nuevos, sin embargo, tanto la suerte como la muerte son inevitables, obran sobre nosotros, nos moldean a su imagen y semejanza. Así, nos dejamos hacer, sin saber nuestras estaciones pero sí nuestro destino final.

Un cordel infinito

Yo maté a un desconocido. Yo acribillé a un desconocido en la vía pública, con estas manos lo maté, con las mismas que escribo estas líneas. Ahora es un desencuentro más, un conocido menos.

No hubo sangre porque no hubo muerte como tal (¿o sí?), en realidad, lo rescaté del anonimato y por un instante logré que la multitud deje de ser multitud y se convierta en un azar constante, en un mar de rostros hecho de posibles conocidos. Las leyes de la suerte nos gobiernan, uno se resiste y se ampara en otras suertes posibles o sencillamente imaginarias, otros, a veces confundidos, se entregan al devenir constante.

El caso es que el desconocido cruzaba la calle a esa hora, yo cruzaba la calle en sentido inverso -en el mismo instante-, el sol brillaba como nunca y como siempre un ejército de rostros ajenos comenzaban a difuminarse hasta dejar un solo rostro claro, el único y el mismo desconocido.

Vamos a desentrañar la lógica de la suerte (¿o la muerte?), casi en un proceso estructuralista como lo hace Julio Cortázar con sus instrucciones para subir una escalera, para llorar, para dar cuerda a un reloj, etc.:

Para perseguir la suerte uno puede salir de su casa y hacer el recorrido habitual. Uno introduce la llave en el cerrojo, gira dos veces a la izquierda, abre la puerta, pasa del otro lado del quicio, se sitúa en la posición inmediatamente inversa (supongamos que la puerta es el norte y nosotros somos el sur y luego que la puerta es el sur y nosotros somos el norte). Ahora, con la llave, realice el mismo proceso pero, no se confunda, al introducir la llave tenga presente que debe girarla hacia la derecha. Puede caminar en dirección a la estación del colectivo o cambiar de recorrido, tenga presente si el destino cambia, cambia también la suerte.

Lo mismo sucede acaso si nos internamos en un laberinto, el optar por una u otra senda determina la salida triunfante o un encierro irrevocable; tal fue el designio del Minotauro: permanecer encerrado en un laberinto de incontables pasillos, un laberinto sin principio ni fin que Dédalo construyó en Creta para el rey Minos. Por muchos años, hombres y mujeres eran llevados al laberinto, el destino de estas personas era cruento e irrevocable: eran ofrecidos como sacrificio y servían de alimento para la bestia.

no de estas personas era cruento e irrevocable: eran ofrecidos como sacrificio y servían de alimento para la bestia.