Revista N11
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Lavandina

Hoy tus padres vinieron a hablar conmigo en la hora en que vas al gimnasio para que no te enteraras, según dijeron, pero sé que vos misma los enviaste, tal vez incluso sin que se dieran cuenta. Qué vas a hacer sin mí, dijeron, ellos no pueden cuidarte siempre y saben que es dificil, pero al parecer yo soy lo único que te mantiene sana. Ellos plantean las cosas en términos de salud y enfermedad. Nunca te llamarían loca, y si bien aseguran entender la situación, no sé si en casa de ellos alguna vez encontraron, como yo, esos vasos con lavandina. Era lavandina pura y pensé, enojada, que tras haber usado el vaso para limpiar algo habías olvidado lavarlo. Qué pasa, pensé, si lleno este vaso de agua sin darme cuenta y lo tomo. Pero nadie podría no darse cuenta: el olor era demasiado fuerte. Te perdoné y no dije nada. No sé si en esos días o tiempo después vi los alfileres en tus medias, y luego la expresión que tenés al mentir cuando dijiste que no sabías por qué estaban allí y ese gesto que hacés cuando simulás estar enojada con vos misma por ser, como decís vos, tan torpe. Tu madre hoy dijo que no todo lo que hacés lo hacés por tu enfermedad, sino que sos tan torpe... Tu madre habla como hablarías vos si pudieras referirte a vos misma en tercera persona. A veces me desespera y entonces casi llego a comprenderte. En una época pensaba que era a ella, o en todo caso a lo que hay de ella en vos, lo que golpeabas a las dos de la madrugada cuando yo llegaba más tarde que de costumbre. La primera vez te pregunté si estabas enojada conmigo y te pedí perdón por adelantado. Dijiste que no y me dedicaste la mirada que dedicás a la gente que querés o a la que fingís querer mucho. Yo no tenía nada que ver, me aseguraste, pero los golpes continuaban y, al escucharlos, me preguntaba qué tirabas contra la pared con tanta fuerza. Al otro día no me dejabas entrar a tu habitación, pero en la misma época en que empezaste a tener esas marcas en la frente también dejabas la puerta lo bastante abierta para que mi curiosidad me llevara a la pared que separa nuestros cuartos, y al fin la mancha de sangre fue algo que ya no podía ignorar, justo antes de que frente a mí tomaras por completo ese vaso de lavandina. Yo recién llegaba del trabajo y al entrar a la cocina te vi, de espaldas, frente a la canilla abierta. Hizo la cena, pensé pero entonces sentí ese olor un segundo antes de que giraras apenas y me dejaras ver lo que quedaba del líquido que pasaba del vaso a tu boca. No puedo olvidar lo que pasó después: todo tu cuerpo se desvanece como si te hubieras quedado dormida de repente, y tu cabeza da contra el piso en un golpe que, antes de conocerte, hubiera pensado suficiente para matar a cualquiera. Antes de recordar que no debía hacerlo, te levanté la cabeza y estuve a punto de abrirte la boca para hacerte vomitar, pero me lo impidió el recuerdo de una advertencia que habré leído alguna vez. Sin soltarte, porque en este punto ya no sabía qué era peor, busqué en la etiqueta de la lavandina las instrucciones para estos casos. Llamé al teléfono que figuraba allí y una grabación derivó en otra grabación que derivó en un interminable sonido de llamado hasta que al fin una voz femenina me pidió que me tranquilizara cuando le dije a gritos nuestra dirección. En la ambulancia recordé que la noche en que te conocí me dijiste que sangrabas con facilidad, y sonreiste como quien habla de un antiguo amante o de su música favorita. En el hospital, en un momento de estúpida desesperación, me dije que aquella misma noche, cuando me dijiste eso de la sangre, tendría que haber sabido que ni siquiera para vos misma eras buena compañía.

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