Revista N11

Casi no escuchaba al médico cuando me dijo que no podía ser y me obligaba a repetirle una y otra vez que sí, estaba segura, era lavandina lo que habías tomado. Tus padres llegaron al hospital cuando ya podías hablar, llorar, pedir perdón y negarte a dar explicaciones. Una vez más, aseguraste que yo no tenía nada que ver, que querías mantenerme fuera de aquello. Apenas tus padres entraron te secaste las lágrimas y dijiste algo sobre tu torpeza. Por eso esta tarde ellos pudieron darme consejos, pedirme favores y decir que yo, a diferencia de ellos, soy lo bastante fuerte. Siempre estoy tranquila, según dicen. Me pregunto qué dirían si nos hubieran visto ayer a la mañana, cuando ayudaba a cambiarte la venda, evidencia de que sos tan torpe como para probar el filo de la cuchilla en la palma de tu propia mano. Mientras te sacaba la venda con cuidado para que no te doliese, te pedí que confiaras en mí, porque esto nos afecta a las dos, dije, y ya no sé cómo hacer para que te des cuenta de que a mí también me duele. Dijiste entender, y creo que demasiado tarde notaste que hablabas de más al decir que quizá por momentos yo quisiera arrancarme los ojos y metértelos en la cabeza para que entendieras lo que me pasaba. Dije que sí por no saber decir otra cosa, pero lo que imaginé entonces seguro lo habrás imaginado miles de veces: sos vos quien me arranca los ojos con las uñas, y al ponerlos en tu cara decís: vos también sangras con facilidad. Si es cierto que querés dejarme afuera, me pregunto por qué yo sé de esto más que tus padres, conozco los detalles, los cortes en la piel, las cosas que tomas, todas las superficies contra las que sos capaz de golpearte y los días enteros sin comer para saber, según decís, cuánto podes soportar. Por qué no fueron tus padres, o la persona con la que dormiste anoche, sino yo quien entró en la cocina justo a tiempo para verte llenar un nuevo vaso con lavandina. Me miraste sin decir nada. Lo levanté y lo acerqué para olerlo: no podía creer que otra vez hicieras lo mismo. Pero tu mirada se detuvo en mi boca y cuando la abrí para averiguar qué se siente antes de tragar, casi llegaste a permitirte una sonrisa.