
Por Pedro J. Comas
Químico Industrial. Cursó estudios superiores en la UBA y en la Universidad del Salvador cursó la carrera de filosofía.
Maniqueísmo
Doctrina religiosa bien perfilada. Fue religión universal y textual. Fundada por Manes o Mani (216-277). Declaraba el mal como sustancia existente y el movimiento permanente era el del desprendimiento del mal, no aniquilarlo, sino enviarlo al reino que le es propio y no al reino de la luz. La purificación es el motivo central en la ética maniquea. De varias corrientes religiosas, algunos mencionan al maniqueísmo como sincretismo.
San Agustín nació en Tagaste (África) y vivió entre los años 354 al 430. Antes de la conversión al cristianismo, en 386, estuvo largo tiempo alejado de éste. Especialista en retórica, fue atraído inicialmente por el maniqueísmo el cual le proporcionó una idea a la solución del problema del mal. Entre el terreno filosófico y luego religioso, con una escuela neoplatónica que lo sedujo, más la lectura de los evangelios y escritos de San Pablo, su conversión hizo de él uno de los pilares de la Iglesia. Esto a partir de la composición de obras de gran relieve para la comunidad cristiana tales como De civitate Dei (la ciudad de Dios), De libero arbitrio (el libre albedrío) y las Confesiones.
La suya fue una obra signada por el doble ingreso de la filosofía y la teología, que confluyeron para que no pueda hablarse de una u otra indistintamente.
Creyó para comprender y comprendió para creer; no creyó porque sí. La búsqueda de la verdad debía ser para Agustín una verdad absoluta, que colmara toda pretensión humana. No fue como los epicúreos, quienes apaciguaban sus necesidades en todo aspecto moderando, en la medida de su razón, su vida.
La vida de Agustín no fue sólo contemplativa, sino activa en búsqueda del conocimiento, la fe y el amor, porque las felicidades parciales son efímeras y no completan al hombre en su camino de búsqueda de la verdad suprema, la cual sólo podía ser para él, Dios.
Así, San Agustín consideró que para obtener esa Verdad Suprema, había que seguir un camino espiritual que desde el interior de sí, vaya al exterior en etapas superadoras de conocimiento propio y de allí a Dios.
Este camino de ascensión busca encontrar una percepción interior que unifique las percepciones y que se distinga, así, la certidumbre que hace que los escépticos convaliden tal posibilidad.
Pero en última instancia la verdad agustiniana sólo puede hallarse por la fe -en tanto que fe iluminada- y lo es porque la fe en Dios es la que trasciende toda inteligencia y hace posible, a la vez, la inteligencia.
Tanto en los escritos de San Agustín que he leído, como en los de sus comentaristas y los de aquellos pensadores de raíz platónica, se afirma que hay una luz intelectual (diferente de la gracia) que hace posible la intelección natural.
Para Agustín esta luz procede de Dios o de una previa iluminación y en ella se afirma la comprensión del ser, a diferencia de Santo Tomás de Aquino, para quien la intelección de lo real es el resultado de una abstracción fundada en la experiencia.