Revista N11
Foto

Por María Eugenia Bouza

Un camino:
pintar, pintar, pintar.

«Rincón del taller» en 1927, representa su primer exposición ante el público como pintor intimista. Manuel Musto (1893-1940) conjuga su oficio de pintor con su solitaria cotidianeidad.

Con permiso, ingresamos al taller de Manuel Musto. Si quisiéramos podríamos tocar todo lo que se encuentre a nuestro paso, sin tanto prejuicio como el de las madres sobre protectoras que piden exaltantes por favor no tocar nada. Considero que Musto no hubiese tenido ningún problema, es más, nos hubiera invitado a recrear la imaginación poniendo un pincel y una paleta de colores en nuestras manos.

Este taller seduce e invita a pasar. Los colores resurgen en el espacio luminoso creando una atmósfera cálida. ¡Cómo no despuntar el oficio de pintor!

Percibimos que el espacio ilusorio tridimen-sional detalla la amplitud de la habitación. Las líneas imaginarias convergen en un punto ubicado a la izquierda del cuadro, detrás de la cortina o telón naranja.

Observamos, en primer lugar del plano una silla de perfil cuyos materiales aparentan ser de madera y mimbre amarillo. La idea «mimbre-amarillo» es generada a partir de la textura como elemento plástico que enriquece la expresividad de los elementos compositivos. El color matiza y refuerza la intención de percibir dicha superficie.

La mesa se presenta en dirección al punto de convergencia anteriormente nombrado, sobre ella: contenedores -quizás de cerámica, vidrio o metal- y en su interior pinceles, muchos pinceles. A la derecha de la tabla cargada de paletas -o quizás la tabla misma utilizada como paleta de gran dimensión-, se suma el caballete o atril, soporte de sus bastidores entelados.

Es evidente que Musto sabe ubicar sus herramientas para trabajar, dispone sus objetos de tal modo que la luz incida sobre ellos, presenta el caballete cercano a la ventana instalada como fuente lumínica.

Los objetos cotidianos como sillones, jarrones, telones, alfombras generan el carácter cálido y acogedor de esta imagen. Quizás en lo formal podría resultar como un muestrario de naturalezas muertas o un «catálogo de posibilidades plásticas» como bien lo expresa Adriana Armando en Figuras de mujeres, imaginarios masculinos1.

Los cuerpos femeninos representados en el recinto de cortinas verdes para lápices de carbonilla, muestran la innovadora composición de resolver el espacio en diago-nales olvidando la mancha y trabajando con planos de colores contrastantes.

El despertar de la vocación

El oficio de Manuel Musto era el de pintor y no cabe duda de ello.

Cuenta Montes y Bradley que de niño se escapaba de la siesta para ir a dibujar. Las flores, los árboles frutales, la huerta, el corral de gallinas y gansos en el patio de su casa resultaban temas adecuados para perpetuarse en el cuaderno de croquis.