
Por Vicente Battista
Colabora actualmente en los suplementos culturales Ñ, de Clarín y ADN de La Nación. Cuaderno del ausente es su última novela publicada.
Hasta ese día, Adán y Eva habían tenido todo a mano, sólo debían estirarla, apenas un poco, para obtener lo deseado. Todo menos el fruto de ese árbol, el del bien y del mal, el árbol de la sabiduría. La prohibición había partido del propio Jehová, que era dueño y creador de la totalidad de las cosas, incluso el creador de Adán y de Eva, quienes en aquel momento clave, puestos frente a ese árbol y tentados por la serpiente que había surgido como por arte de magia, estiraron la mano con el fin de atrapar la manzana.
Según se lee, la mano la estiró Eva, y seguramente lo habrá hecho con la misma naturalidad conque un rato antes se había apoderado de una pera o tal vez de una naranja. Pero en este caso se trataba del fruto prohibido, se lo alcanzó a Adán y el pobre hombre cayó en tentación.
Bastó un mordisco para que apareciera Jehová, que todo lo ve y todo lo oye, y con la cólera del caso (hay que tener en cuenta que era cólera divina) los expulsó del paraíso, sin más trámite. El resto es historia conocida.
Imagino que aquel sitio del que fueron expulsados era muy cómodo, aunque se me ocurre que era algo aburrido. Por el contrario, el nuevo mundo por el que comenzarían a transitar lejos estaba de ser cómodo y más lejos aún de ser aburrido.
Desobedecer órdenes y caer en tentación tiene su precio: la pareja, que un rato antes había perdido su condición de nudista, junto con las primeras ropas cargaría con el primer pecado, el original. ¿Pero hasta qué punto era original para la religión judía y posteriormente para la cristiana?
Los persas contaban de qué modo Arimán, el dios de la oscuridad y el caos, lograba que la primera pareja comiese frutos prohibidos. Los brahmanes indios anuncian que el «primer hombre» desencadenó su propia miseria por comer de un árbol sagrado. En la epopeya de Gilgamesh, leemos que una astuta serpiente les hace perder la «hierba de la vida».
Queda claro, entonces, que el pecado original que nace de la desobediencia a Dios es común en numerosas antiguas religiones. Los patriarcas judíos a la hora de escribir el Génesis realizaron una síntesis de aquellos remotos relatos de indios y persas.
En las páginas iniciales del primer libro de la Torah, encontraremos el árbol sagrado, la fruta prohibida, el diablo y la mujer que desobedece el mandato divino. Como consecuencia de esa falta, nació el molesto e inevitable «Pecado Original». Una falta con idéntica raíz en las distintas religiones. Sin embargo, a partir de su nacimiento, tomará diferentes caminos.