Revista N11
el velo

Por Luis Straccia

La Omisión y la Desvergüenza

Me subí al remisse, sumamente apurado. Debía entregar un medicamento con cierta urgencia. El tipo, macanudo, comenzamos el viaje hablando de esas cosas que uno sabe que no lo comprometen por más de 10 minutos. En un semáforo, realiza una maniobra absurda. Le hecha un «fino» a un modesto 147 que esperaba la luz verde, conducido por una mujer que estaba acompañada por su hija.

En esa estúpida maniobra, le rompe el espejo derecho, y sigue su camino por unos pocos metros. La mujer lo insulta. El remissero retrocede y se pone a la par, y le dice «que bonito, linda forma de hablar»…la mujer contesta…y el le responde «claro, mirá tu piel, mirá la mía…negra sos, je, negraaaa», me mira por el espejo esperando mi aprobación, opto por hacerme el tonto, miro para otro lado, y espero que el viaje siga…

…sigo jugando con una dualidad, debería haberlo puteado y bajado dándole un portazo», pero también es cierto que estoy apurado. La mezquindad, justificada sí, pero mezquindad al fin, superó a la intención de salir en defensa de la mujer. Cobardía.

La razón, la ideología, tiran pa un lado, pero hay momentos en los que entran en conflicto. Lo colectivo contra lo individual.

Por lo general, el hecho del pecado implica la prohibición. Y como bien se sabe, donde existe prohibición es porque existe el deseo. El problema se suscita, cuando uno peca no por cometer el hecho en sí, sino por no realizar la acción que evitara un mal.
Claro que esto tiene también sus particularidades, vinculadas de manera directa a uno mismo y sus circunstancias. Pasando en limpio, sería algo así como ponerse a considerar cuáles son las posibilidades concretas de intervenir en el hecho en cuestión y, en todo caso, modificarlo.

Este tipo de acciones, conllevan también asumir compromisos militantes para con uno mismo. Y es que si bien el pecado es social, cuando éste es secreto para terceros, uno asume un doble papel, por un lado se convierte en pecador –el que comete una culpa- , por otro es el juez –quien determina la sanción que le cabe.

Y la verdad es que hay veces que resulta dificultoso caminar junto a uno mismo. No por el hecho de desear a la mujer del prójimo, ni por pecar de pensamiento, sino más bien porque a uno se le van conformando murallas que parecieran inmunizarlo ante determinadas situaciones. Pero las mismas, a veces ceden y dejan al descubierto miserias que creemos hemos aprendido a sobrellevar, y que sin embargo nos abofetean con fuerza.

Podemos pasar 20 veces junto al pibe que pide monedas en el semáforo, y recién a la número 21 mirar realmente al pibe y darnos cuenta de eso, de que es un pibe. Podemos mirar el diario y ver los avisos pseudoeróticos que muestran a las mujeres que se ofrecen cual ganado, e incluso bromear con los compañeros de oficina, sin ver el tráfico que se oculta, ni la desgracia, el infortunio ni la necesidad de quien se prostituye voluntariamente -en el mejor de los casos- o por la fuerza en gran parte de ellos.