Revista N11
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Por Sabrina Perotti

La omnipresencia del pecado

La esencia del pecado no radica en que los hombres
conozcan qué está bien y qué está mal, sino que
cuando cometan algo incorrecto lo tengan
constantemente presente.


Hace algunos años tuve la oportunidad de reencontrarme con un viejo compañero de primaria a la salida de un cine. Teníamos 20 años. Recuerdo que sus palabras exactas fueron «Me caso». Sin embargo, lo que más recuerdo fue su expresión aniñada absolutamente contraria a la radiante noticia.

Se percibía en su rostro un dejo de desesperanza y preocupación. Lo felicité, como quien da el pésame y nos despedimos. Tiempo después me arrepentí por no haberle preguntado «¿Con quién?» «¿Cuándo?» y sobre todo «¿Por qué?». ¿Por qué esa cara de angustia y resignación frente a una decisión que se supone de suma felicidad? Sus palabras habían sido una mezcla de confesión y comunicado. Si me hubiese dicho que estaba enfermo o que tenía que recursar una materia, daba igual. Su cara expresaba lo que su voz ocultaba. Por eso quedé con ese sabor amargo y con todas esas preguntas pendientes.

Muchos años después me enteré que su familia era católica ortodoxa y que la familia de su novia también lo era y, entonces, ahí supe realmente el por qué de su actitud. El casamiento no era un casamiento de común acuerdo, no era un noviazgo que decidió formalizarse en unión conyugal. Era simplemente un lavaje de culpas, una salida rápida a las ataduras del pecado. La culpa tomó la forma de proyecto de vida y se embarcó junto a ambos en un viaje del que ninguno quería ser parte.

Pecar y servir

«Arrodillaos, moved los labios y creeréis»
Blaise Pascal

¿Hasta qué punto se puede domesticar el cuerpo de acuerdo al mandato divino?

O mejor, ¿hasta qué punto se puede domesticar el cuerpo? Veo en él la existencia de dos polos irreconciliables. Por un lado, la presencia de los hábitos adquiridos y repetidos automáticamente de manera diaria como los de comer, beber o hasta manejar una bicicleta. Pero, por otro lado, también se cuenta con los llamados «caprichos» del cuerpo. Desde un resbalón filmado por cientos de cámaras hasta un estornudo en el momento inadecuado. «El cuerpo hace lo que quiere» es una frase más que repetida y tiene su anclaje en los miles de ejemplos en donde éste burla todos los mecanismos de control y su expresión sale a la superficie, es decir, al seno mismo de la sociedad. Hay todo un trasfondo que plantea que por más adiestrado, controlado o domesticado que esté el cuerpo, finalmente se va a salir con la suya, alguna vez.