Revista N11
Penitentes

Por Sergio Bergman

Rabino. Presidente de la Fundación Argentina Ciudadana. Fundador y miembro de Memoria Activa. Ha publicado varios libros, entre ellos, el Manifiesto Cívico Argentino, Argentina Ciudadana y Celebrar la Diferencia. Unidad en la Diversidad.

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Origen y Destino

La naturaleza humana se debate un interrogante ¿Somos esencialmente buenos en origen y nos desviamos hacia el mal antes de llegar a destino o es ciertamente nuestra constitución proclive al mal y la fuerza de la norma la que nos encausa hacia el bien?

Sin fijar posición entre estos dos grandes lineamientos iniciales se hace difícil establecer cual es el lugar del pecado.

Asumamos para este inicio, en el breve recorrido que compartimos en estos párrafos, que los seres humanos, no somos seres naturales sino fundacionalmente culturales.

El lenguaje -el símbolo, la representación y la interpretación- es inherente al acontecer de lo humano y no esta por fuera de su esencia, como artefacto externo, sino que es indivisible en su constitución ya que es parte de su misma interioridad. Para entender y entendernos no podemos sino hacerlo, o lo, desde el andamiaje de lo que la cultura nos provee, es decir desde un sistema que no es sólo de observación sino de construcción del observado.

En este universo de construcciones socioculturales que la civilización humana desarrolla -en su extensión de tiempo y espacio- occidente, y en particular nuestra sociedad, fue moldeando los términos y conceptos desde la perspectiva de la tradición judeocristiana.

La idea de pecado no puede ser asumida sino con las implícitas connotaciones que esta perspectiva subjetiva parcial, pero envolvente y siempre presente, ha definido como constitución intrínseca al pecado como valoración de juicio desde una determinada moral.

Es en este aspecto que no sólo importa cómo se define al pecado, sino como se lo utiliza para conformar el carácter y asignar juicios y prejuicios a las acciones que, desde las autonomías individuales, son juzgadas por las normativas culturales de las comunidades de pertenencia y por las sociedades en las que se actúa haciendo experiencia de praxis sus implicancias que como ética pareciera solo prescriptiva teológica.

Es también aquí donde el tronco común abre ramas bien diferenciadas que, sin dejar de ser el mismo árbol y alimentarse en la misma raíz, no pueden dejar de adquirir singularidades que las diferencian.

El Origen

El pecado en la tradición judía no tiene las significaciones ulteriores que adquiere en la propuesta cristiana, y en particular esta diferencia tiene origen en la revelación y/o exegesis bíblica. Por lo tanto tendrán consecuencias divergentes en cuanto a la práctica.