Revista N11

Por Silvia Pisano

El pecado de..¿ No ver?

Cuando me invitaron a escribir sobre el pecado, mi mente de adulto se trasladó a mi primera confesión. Aquella con la que había que cumplir para poder tomar «La Primera Comunión», teniendo apenas ocho años de edad.

Y recuerdo esa larga fila de niños, en la inmaculada, bella, imponente, inmensa iglesia de mi pueblo, en donde todos esperábamos con cosquillas en la panza y un nudo en la garganta a que llegue nuestro turno de contar todo lo mal que habíamos hecho en nuestra corta existencia.

Por suerte, un paso más adelante, estaba mi amiga incondicional de la infancia.

Aquella con quienes los juegos interminables que duraban desde que abríamos los ojos hasta que caía la noche, eran un episodio único cada día.

Eso daba cierta seguridad.

Aún así, las manos se empapaban pensando en la penitencia que nos daría el sacerdote cuando le contáramos todos nuestros pecados.

Todo esto hasta que por fin estábamos muy cerca y le tocó el turno a mi amiga entrañable e inseparable.

Ella empieza a hablar en voz baja pero… yo estaba tan cerca que fue imposible no escuchar.
Hasta el décimo pecado, todo era conocido para mí porque habíamos hecho la lista juntas.
De pronto, ella baja aún más la voz y balbuceando, confiesa que le había robado tres limones a mi papá para jugar a la comidita con otra vecina, un día que yo estaba en cama, enferma.

¿Cómo yo no sabía nada? ¿Cómo había robado? ¡Eso era traición!

Ahí no más, olvidando dónde estábamos empezamos a discutir.

Y la discusión terminó en tirada de pelos. Y la tirada de pelos terminó con el cura saliendo del confesionario y sentándonos a las dos en un banco de la iglesia para darnos el gran sermón de nuestras vidas.

La verdad es que ya no recuerdo qué nos dijo ese viejo cura. Lo que sí recuerdo es cuál fue la penitencia: 50 Padre Nuestro y 50 Ave María recitados al unísono y mirándose a los ojos.

Obvio que cuando íbamos por la cuarta parte del largo rezo ya nos habíamos olvidado de los limones, la pelea, la tirada de pelos y el sacerdote nos retaba porque hacíamos muecas, nos reíamos y nos salteábamos partes de la oración, lo cual nos provocaba más risas aún.

Hoy, que recuerdo esto con una prudente distancia, entiendo el valor de aquella enseñanza: mírense, reconózcanse, tolérense y traten de construir juntas en lugar de enfrentarse. Manejen su ira.