Revista N11
Facundo, ese hombre

Por Luis Ángel Gonzo

Primera excomunión

Lo primero de todo (si es que hay un principio, en caso de que haya todo) es, no la visión, siempre extrañada, del lugar, sobre la que volveré, con variables, una vez que esté dentro, reconstruyendo su imagen como un brumoso rompecabezas, sino su –quiero decir mi– tenaz, su –quiero decir la– ineludible, respiración: envuelta en un silencio que hacía, de todo sonido, una soledad minuciosa, que subrayaba, particularmente, lo nasal,...

...como si, en cada orificio, el armazón óseo, los cartílagos, el vello microscópico, y, más allá, los tegumentos y la mucosa, operaran, sordos, desde su penumbra, filtrando las sigilosas, mínimas, inhalaciones, y desnudara, ante la propia perplejidad, el –antes casi indefinido– ruido de una exhalación que, de tan íntima, parece, ahora, por pronunciada, por enfática, ajena, como traducida: de sonido o eco interno, acosado y subjetivo, del cuerpo, como ciertos zumbidos, como inciertas voces, a mero ruido extranjero, apelativo y nítido, o, mejor dicho, en este caso, a casi exacto silencio, impuro, como el de ese –este– espacio, que cambia la forma de lo que transcurre en su –mi, la– atmósfera: la iglesia, las palabras. Allí los saludos se vuelven más discretos, las voces más veladas, los reconocimientos sonríen mudos y las reverencias, más que explicitarse en ademanes que serían, sino vergonzosos, vanamente bruscos, se insinúan –se muestran– en un ida y vuelta de signos cautelosos y superfluos. Vale decir entonces que un niño cualquiera, cuyos años de vida oscilan entre los siete y los once, doce años, y su estatura, apenas superior a un metro, roza con los hombros, o con el cabello húmedo que evoca, aún, al esmerado peine, al exhaustivo gel, las imprecisas mitades de siluetas adultas (saco, camisas, pantalones, cinturas, cinturones, piernas), que acompa-ñan, a paso plomizo, entre murmullos, incienso, silencio expectante, la entrada a templo, tomando de las manos al niño que, sinecdóquico, sólo se reconoce en familia al torcer el cuello, mirar hacia arriba, reconstruir las –sus– figuras –vale decir que ese niño, entonces, en principio, soy yo; fui yo; es un signo: el de, digamos, mi primera comunión. El día de la confesión de los pecados; sin embargo, una hermosa mañana, casi encandilada de clara, con muros relucientes y luz que llega, oblicuamente, sobre la iglesia, estampando reflejos en las aristas de las piedras grises; una bandada de pájaros revolotea en remolino en el cielo, alrededor del campanario; la plaza, enfrente, resuena de gritos, huele a flores; dentro de la iglesia, mientras, algunas voces rasgan el silencio, apenas, como acordes graves; la vista de algún niño planea sobre los bancos cuyo respaldo, más que un descanso cervical, ofrece el lugar donde posar las manos para el rezo; otras pupilas se pierden, inquietas, en la altura de los muros, en las imágenes de cera, en el páramo que el mármol, del otro lado del altar, deja adivinar, y hace sentir, a la distancia; algún niño se aventura por los pasillos laterales; otros llegan al coro; en las pilas de agua bendita, llenas hasta los bordes, se refleja la nave, con el principio de las ojivas y algunas porciones de las vidrieras; pero el reflejo de los colores, rompiéndose en el borde de mármol, continúa más lejos, sobre las losas, como un tapiz abigarrado; la claridad solar del exterior se alarga dentro de la iglesia en tres rayos enormes por los tres portales abiertos. De vez en cuando, al fondo, pasa un sacristán haciendo ante el altar aquella genuflexión oblicua propia de los devotos que tienen prisa. Las arañas de cristal cuelgan inmóviles. En el coro arde una lámpara de plata; y de las capillas laterales, las partes