
dimensión supra-individual quien reúne a todos los hombres, desde el primero hasta nosotros. Esto permitiría evitar una inter-pretación meramente jurídica y biológica de la herencia […] juridización que, no obstante, se abre paso: el pecado, dice Romanos 5: 23, no se imputa no habiendo ley. Agustín es responsable por la elaboración clásica del concepto de pecado original» (Ricoeur, ibídem); «Debemos admitir que fue San Agustín el primero que dio vida a esta idea retorcida, digna de la fervorosa y fabulosa imaginación de un africano pecador y arrepentido, maniqueo y cristiano, indulgente y perseguidor, que en su vida no hizo más que estar en una contradicción perpetua consigo mismo» (Voltaire, Diccionario filosófico). Pero esto no lo explica, tampoco, todo. Contra el mal voluntario y contingente expuesto por Pelagio, que entendía el «pecar en Adán» omo imitación, «pecar como Adán», Agustín, dada la «experiencia de su conversión, la experiencia viva de la resistencia al deseo y el hábito de la buena voluntad», rechaza «con todas sus fuerzas la idea pelagiana de una libertad sin naturaleza adquirida, sin hábito, sin historia y sin cargas, que sería en cada uno de nosotros un punto singular y aislado de indeterminación absoluta de la creación» (Ricoeur): «¿Qué tiene [el hombre] que no haya recibido? (1 Cor. 4, 7) […] Aquel que se halla lejos de Ti y no puede verte, que ande por este camino que le permitirá llegar, ver y poseer.
Porque, aunque el hombre se deleite en la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su espíritu y le encadena a la ley del pecado, que está en sus miembros? Tú eres justo, señor, mientras que nosotros hemos pecado, hemos practicado la maldad, nos hemos comportado con impiedad (Dan. 3, 29). Tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros (Sal. 32, 4). Con toda justicia nos vemos entregados al antiguo pecador, que sedujo nuestra voluntad para que se conformara a la suya, que no perseveró en tu verdad (Jn. 8, 44). ¿Qué hará el hombre en medio de su miseria?» (Agustín de Hipona, Confesiones, 430).
La puerta se cierra, provisoriamente, detrás del cura. La claridad que se filtraba hacia el interior del confesionario envuelve, ahora, su puerta. El cura se adelanta hacia el niño, y con aquella sonrisa de campechana benevolencia que adoptan los eclesiásticos cuando interrogan a los niños, le pregunta si no se siente mejor; instantáneo, el niño esboza una palabra de la que sólo despereza una vocal, que es probable sea una o, pero que se asemeja a –y suena como– una e, e insinúa, con el movimiento de su cabeza, una i. Comienza a caminar sin dejar de asentir, y sintiendo cómo una mano casi obscena se despega de su espalda –que se aleja en dirección a los altares laterales.