
Por Lucía Di Salvo León
Predicar con el ejemplo
Si nos situamos en la España de los siglos XIII y XIV, debemos pensar en la prosa como un fenómeno tardío con respecto a las primeras manifestaciones literarias (líricas y épicas) que eran orales y de carácter popular. Las com-posiciones más antiguas, destinadas a y compuesta por letrados, eran orales pero a finales del reinado del Fernando III el Santo y con el advenimiento de Alfonso X, surgen colecciones literarias de carácter ejemplar: los exempla, y los escritos sapienciales, es decir, colecciones de aforismos proferidos por filósofos clásicos.
Alfonso X el Sabio -su epíteto habla por sí solo- se embarcó en una empresa cultural de largo alcance: reunió pensadores, artistas y estudiosos de diferentes disciplinas para crear documentos de investigación (tratados de astronomía), escritos históricos (crónicas) y literarios. Pero la nota más singular de su proyecto radica en la vinculación del mundo oriental y occidental; de esta síntesis surge un único trabajo que conjuga el pensamiento cristiano, musulmán y judío. Que el rey de las tres culturas estaba en la avant-garde del medioevo, de eso no hay dudas.
Para absorber la fecundidad de las tres culturas es necesario contar con una escuela de traductores que puedan poner en lengua vulgar vernácula el conocimiento de estos intelectuales musulmanes y judíos. El rey Sabio tampoco dejó esto librado al azar. La Escuela Toledana de Traductores se encargó de tomar los textos en la lengua original y verterlos directamente al romance. Estos trabajos no sólo son valiosos por recopilar datos que iban desde los orígenes mitológicos hasta los reinados contemporáneos1 por y profesar valores morales2 sino también por cumplir la labor, no menos importante, de fijar la lengua vulgar, es decir, el castellano como vehículo para investigaciones intelectuales y difusión de conductas sociales favorables según la moral de turno.
Los libros traducidos del latín sufren una evolución diferente a los traducidos del árabe: los primeros comienzan por ser obras escritas y utilizadas por clérigos, más tarde los clérigos las adaptan a los seglares para exponerlas en forma de sermones o lecturas piadosas y por último, el elemento didáctico de las obras comienza a verse opacado por el elemento de diversión de algunos relatos. Los segundos preconizan una moral diferente a la del Cristianismo y a la del Islam, es decir, realizan referencias a Dios y a la virtud en un enfoque que refleja más bien los ideales vulgares de la vida cotidiana y no los de la mezquita.