Pocos vocablos asisten tanto al refranero español como la palabra “secreto”: el secreto mejor guardado es el no revelado; secreto de a dos, revelación a toda voz; secreto en reunión es…
El secreto es versátil: sólo sabe Dios cuántas personas han muerto intentando mantener un secreto en su estado más puro, y cuántas otras han muerto intentando develarlo. A nivel individual, casi todos tenemos secretos: la receta de una torta de manzanas, las proporciones de la argamasa de los albañiles, la fórmula de una bebida gaseosa, el lugar de adquisición de algún producto de difícil acceso…Y qué decir de los secretos familiares, esos enigmas amenazantes y cargados de culpa para la generación que los vio nacer, que se tornan lejanos misterios extraños y aflictivos para los descendientes que, sin comprenderlos, también sufren la culpa.
Todas las actividades humanas tienen sus pequeños secretos. Así, por ejemplo, en ocasiones notamos el celo de algunas secretarias para con las labores inherentes a su profesión, la discreción obsesiva en los asuntos de su jefe. Como vemos, en el nombre de su oficio sigue vigente el secreto.
Con los tiempos de la cibernética, sin embargo, todo esto parecería palabra antigua: hoy si querés cocinar un buen locro, entrás a la red y encontrás no menos de veinte posibilidades. O si te interesa saber algo acerca de la vida privada de Napoleón Bonaparte, no tenés más que hacer clic. ¿Será que el acceso libre y barato a la información está debilitando al misterio y a los secretos?
Los que conocen de administración y política suelen decir que hay tres cosas importantes: información, información e información. No es alocado entonces fantasear que quizás uno de los núcleos fundamentales del poder está representado por una arcanidad obsesiva, mezquina y sistemática que la raza humana acumula sin motivos aparentes. El botón de muestra: veamos lo acaecido con los secretos destapados recientemente por la red WikiLeaks: cayeron en la volteada embajadas, presidentes de varios países, personalidades internacionales. Pero, al parecer, todo el mundo —y casi de común acuerdo— decidió mirar a otro lado y no pasó nada importante (salvo para el pobre Julian Assange). Aunque, por otro lado, no le fue tan bien a Richard Nixon después de la revelación de dos jóvenes periodistas sobre sus actividades destinadas a fisgonear en la vida de los demás.
En el cine hay infinidad de secretos que sirven de temática para los guiones de famosas películas: Mi secreto me condena, El secreto de sus ojos, Secreto en la montaña… y la lista podría seguir. ¿Qué sería de los narradores si de pronto les faltase el recurso del secreto, si desde un comienzo tuviesen que correr el velo en todas las aristas de sus relatos? ¿Qué final sería sabroso, sorpresivo, anhelado, sin la posibilidad de ocultar un secreto?
La historia del Hombre también está llena de secretos. En todas las épocas hubo personajes que para perpetuarse en el poder ocultaron verdades o las tergiversaron. En la Edad Media, quienes se atrevían a desafiarlos tratando de descubrir la verdad eran quemados en la hoguera por brujería. En esos tiempos el secreto mejor guardado era el de los alquimistas: un conocimiento hasta el momento no revelado —y muy difícil de revelar en el futuro, pues en apariencia se han acabado los alquimistas—. También las Escrituras conllevan secretos, desde el Árbol del Bien y del Mal hasta la Santísima Trinidad; en estos casos la acepción está ligada al misterio: aquello que la razón no puede comprender. Para los judíos, la interpretación de los libros sagrados es objeto de estudio laborioso. Los cabalistas sostienen que ordenamientos alfanuméricos en el seno de las Escrituras develarán en ellas acontecimientos del futuro. Y siempre hubo sectas, hermandades, logias (algunas con fines loables como la Logia Lautaro, integrada por hombres como San Martín y Bolívar, y cuyo fin supremo era la independencia americana; y otras de tinte más oscuro). Tal vez el más emblemático de los grupos secretos sea el de la mafia, cuyo código de silencio (la omertá) es sagrado: su incumplimiento es penado con la muerte.
En el último siglo se han esclarecido más misterios que en toda la historia de la Humanidad. Muchas de las cosas que antes se consideraban secretas salieron a la luz. A través de la ciencia y de la tecnología se ha logrado exhumar verdades que existieron desde el comienzo de los tiempos y que subyacían, ocultas, hasta que el microscopio, el telescopio, los rayos X o el laboratorio nos ayudaron a descubrirlas. Estaríamos tentados entonces de decir que el librepensador no necesita de secretos para sobrevivir. No obstante, la cotidianeidad nos demuestra que, mientras existan las relaciones humanas, siempre habrá secretos. Y si no, preguntémonos: ¿qué sería de nosotros sin ellos?