Por Matías Di Loreto
Siempre desconfié de las hipérboles. Su carácter ampuloso, totalizador, sus pretensiones de uniformidad sobre todo lo que cubren con su manto. Pero esa desconfianza —al mismo tiempo— a menudo se me reveló como el fruto del amasado de las migas sobrantes del pan en una sobremesa reflexiva: sin valor de cambio alguno, casi inútil, un tanto trasnochado. Por lo que en reiteradas oportunidades no dudé en abandonarlo a su suerte. Vuelta a seguir durmiendo; dejar el muñequito envuelto en el mantel para que luego —ya en el piso— se lo comiera el perro.
Pero ahora que sé que los tengo a ustedes ahí enfrente mío, compartiendo esto, dejaré el muñequito de miga de pan para que puedan apreciarlo. Le daré esta única oportunidad, lo expondré sin pudores, compartiéndoles también aquella inquietud y los interrogantes que de ella se supieron desprender:
¿Quién no ha sido víctima del cerco de secretos y sospechas que se erige tras la hipérbole como una fortificación medieval? Más aún, ¿quién no ha sido alguna vez artífice de una tapia de similares características? ¿Quién no ha antepuesto fórmulas del tipo “todo bien”, “joya”, “genial” ante inquisitorias que intentan averiguar —pongamos por caso- cómo andamos, cómo nos fue con aquel trámite, o cómo nos dieron los resultados de aquellos análisis que el médico nos pidiera con cierta celeridad?
Dichas fórmulas ¿refieren con exactitud lo que queremos expresar? Si las ofrecemos automáticamente como la punta de un iceberg, ¿por qué nos dejamos atragantadas -en secreto- las verdaderas dimensiones de lo que quisiéramos decir?
O más intrincadamente aún, ¿por qué somos reticentes a la hora de manifestar nuestro escaso interés en exponer ante el otro aquello sobre lo cual nos interroga? ¿Acaso anida en cada uno de nosotros un temor subrepticio por quebrar pactos tácitos de camaradería que nos condenen al más horroroso de los ostracismos?
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Déjenme aclarar -antes de proseguir- que mi desconfianza es hacia el uso pedestre de este peculiar lenguaje figurado, hacia el abuso doméstico, deslucido y sus fines recónditos, cuando no siniestros. Quizás ya lo habían
Matias Di Loreto
Periodista y Profesor en Comunicación Social. Contacto: matias_diloreto@hotmail.com
supuesto ustedes, a esta altura del partido…
Porque del ámbito literario se tendrán que ocupar otros con la pertinente autoridad para poner los puntos sobre las íes. Allí, donde los fines del recurso son un destino ya revelado, los guardianes del buen uso de las formas indicarán cuándo se dio en el blanco con el empleo de una hipérbole, o cuándo se cometió un mamarracho liso y llano.
Si recurrimos al ancestral mataburro de la Real Academia Española (RAE), esto nos dice acerca de la hipérbole:
1. f. Ret. Figura que consiste en aumentar o disminuir excesivamente aquello de que se habla. (…)
2. f. Exageración de una circunstancia, relato o noticia.
De la misma manera, si tenemos a mano uno de los oráculos del siglo XXI —léase Wikipedia, “la enciclopedia libre”— nos brindará algunos detalles más, por la misma senda que la RAE:
“Hipérbole es un tropo que consiste en realizar una exageración muy grande, aumentando o disminuyendo la verdad de lo hablado, de tal forma que el que reciba el mensaje, le otorgue más importancia a la acción en sí y no a la cualidad de dicha acción”.