La íntima soledad socializada

Por Luis Straccia

Hay veces en que uno se deja arrastrar.
Y se entrega. Un poco por dejadez propia, medio harto de que le rompan las pelotas. Otro poco por curiosidad, y un poco menos por ganas de…


el miedo

“Por favor... no lo digas...” de María Mercedes Lanquinque. Participante del Segundo Concurso Internacional de Artes Plásticas Revista Crepúsculo.


Y entonces se larga y lo hace. Para, al poco tiempo, descubrir que nada ha descubierto, más allá de la sensación de vacío y soledad compartida de varios.

La necesidad de existir, o mejor dicho el ego exacerbado de nada que impulsa a que los demás sepan que uno existe. Porque si realmente valiera la pena, los demás ya deberían saber que uno está en este mundo pa algo más que por el mero estar.

Pero como uno no hace nada que amerite tal reconocimiento, y como el camino a recorrer para el logro de tal fin suele entrañar trabajo y sacrificio, entonces sólo me cabe ventilar lo banal de mi vida y tratar de convertirla en un hecho, un espasmo, de transcendencia de la nada.

Entonces ella se acerca al teclado, y con una necesidad imperiosa de ser, de que alguien comparta su vida en medio de su mentada independencia, de no sentirse tan sola, de saber que ella también tiene algo para contar, para decir, para gritar…escribe “saliendo para el super”.

Abre su pecho, y nos ofrece su corazón en sacrificio, soñando en que quizás alguno de los 153 contactos de su facebook vean ese pequeño espacio de cotidianeidad y le contesten (pulgar para arriba o para abajo) pero que le contesten.

O él, quien no deja pasar un día de sus vacaciones en familia sin “colgar” fotografías de

las mismas, y ahí pareciera que el goce de ese momento capturado no es pleno si no es compartido en pantalla con otros… o el militante cibernético quien suele tener mucho discurso sobre, pero poco contacto con, y se la pasa reciclando viejas consignas de otros que no tenían facebook ni lo necesitaban para dar a conocer lo que pensaban a muchos más que a mil y pico de contactos.

Esas pequeñas esferas o escenas de la cotidia-neidad se revisten con el aura de lo épico. Quizás sea porque vivimos momentos en los que pareciera que ya está todo dicho. Porque los discursos que circulan en el espacio público aluden a realidades en las que no me siento un actor con posibilidad de cambio, o que no son para nada creíbles tanto en lo que dicen, tanto en la figura de quien los emite.

Entonces vuelve a aparecer el refugio de lo privado, de ese pequeño espacio al que realmente pertenezco, al que considero mío y sólo mío, y que me acoge. Pero el que, cada vez pareciera evidenciarse más, también suele resultar insuficiente. Y con el fin de vincularnos sin saber para qué, comenzamos a quitarle el velo a nuestra intimidad, que en cierta forma es quitarle su pudor, o lo que es lo mismo aniquilarla de a poco. Y de que se fundan (confundan) ambas esferas (públicas y privadas) en una amalgama en la que cada vez resulta más difícil descubrir sus componentes.